Ella lo ha oído gemir. Pero sabe que gime desde que se despertó. Y que gemirá hasta que se vaya a la oficina. Y que continuará quejándose durante todo el día. Al bajar un andén, por ejemplo. Al levantarse de un asiento. Al recostarse contra una pared. Al sacar los cigarrillos del bolsilo. O simplemente sin hacer ningún movimiento, sentado por ahí, desgonzado, invertebrado y profundamente infeliz, mirando a cualquier parte y sin recordar por qué es que se está quejando. No es un alarido de dolor. Es un resoplido largo, un suspiro arrastrado, penoso, moribundo, que no se emite con la voz sino con la descarga del aire a través de la boca y nariz; un pujo silbante, un lento golpe de viento que va preparándose dentro de él, que va levantándole los hombros y que después lanza entero afuera, para quedarse con las espaldas encorvadas y el pecho hundido, como si en esa queja hubiera echado el esqueleto. Y que remata siempre con un afectuoso cuchicheo que expresa toda la ternura y la incomparable lástima que experimenta por sí mismo:
-Ay.
/El terremoto, Germán Pinzón.
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